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Mérida y el 23 de enero: Entre las obras de concreto y el grito de libertad.

Registros de una época: Pérez Jiménez durante sus visitas a Mérida

A 68 años de aquel 23 de enero de 1958, recordamos el contraste entre las monumentales obras de la dictadura en nuestra ciudad y el anhelo de libertad que terminó por derrocarla

Por: Germán D’ Jesús Cerrada

​Hoy, 23 de enero de 2026, la memoria histórica de Venezuela nos convoca nuevamente. Se cumplen 68 años desde que el país despertó con la noticia de la huida de Marcos Pérez Jiménez. Para el merideño, esta fecha no solo evoca los sucesos de Caracas, sino que trae a la mente el contraste de una gestión que dejó huellas profundas en la geografía local antes de sucumbir ante la presión popular.

​Las fotografías de autores desconocidos que hoy rescatamos nos muestran a un dictador asiduo visitante de Mérida. 

Su visión del «Nuevo Ideal Nacional» se materializó en nuestra entidad con obras de ingeniería que aún hoy definen nuestro paisaje.

En el collage de recuerdos aparecen la inauguración del Parque Los Chorros de Milla, el robusto Puente sobre el río Chama y la majestuosidad académica del Aula Magna de la Universidad de Los Andes.

​Incluso el Teleférico de Mérida, concebido para ser el más alto y largo del mundo, fue el estandarte de esa modernización que buscaba legitimar un régimen carente de votos pero sobrado en recursos fiscales.

​​Sin embargo, detrás de las cintas inauguradas y los banquetes en la ULA, se escondía una realidad de hierro. Pérez Jiménez, quien ascendió tras el golpe de 1948 y se impuso fraudulentamente en 1952, gobernó bajo la vigilancia de la Seguridad Nacional. Mientras los edificios crecían, las libertades se encogían. 

La persecución, el exilio de líderes políticos y la censura fueron el precio de aquel auge económico impulsado por el petróleo de la posguerra.

​El espejismo del orden absoluto comenzó a desmoronarse tras el plebiscito de 1957. 

La resistencia estudiantil, la unión de los partidos en la Junta Patriótica y el descontento en los cuarteles formaron una tormenta que ni la represión más feroz pudo contener.

​El 21 de enero, la huelga general marcó el punto de no retorno. Dos días después, en la madrugada del 23 de enero, el hombre que recorrió nuestras calles merideñas con aires de perpetuidad, abordaba apresuradamente en la Carlota el avión presidencial conocido como «La Vaca Sagrada». Con su partida, terminaba una década de dictadura y comenzaba el difícil camino del aprendizaje democrático.

​​A casi siete décadas de distancia, las obras en Mérida permanecen como testimonio de una época de gran capacidad constructiva. No obstante, la historia nos recuerda cada 23 de enero que el cemento no sustituye al derecho, y que el progreso más sólido no es el que se mide en toneladas de asfalto, sino en la vigencia de las instituciones y el respeto a la voluntad ciudadana.