OPINIÓN

Crónicas y Caminos – MONSEÑOR JAÚREGUI: LEVITA CIVILIZADOR



Ramón Sosa Pérez


A 35 años de la Batalla de Niquitao y sin que se apagaran los morteros de la cruzada libertadora que lideró José Félix Ribas en 1813, del hogar pastoril de José Mateo Jáuregui y Carmen de la Trinidad Moreno, irrumpía el destello de la creatura destinada a lo grande, bautizado como Jesús Manuel y quien luego sería cura de almas, educador insigne y probo ciudadano. Era 28 de septiembre de 1848 y a poco de su nacimiento, la modesta familia no soportó la penuria económica y emigró a Mucuchíes.

El Padre Pedro Pérez Moreno fue su tutor de latinidad y su más celebrado mentor, al recomendarlo con Monseñor Bosset para que iniciara la vocación al sacerdocio. Un aura especial ornaba al futuro clérigo pues su aplicación a los estudios era ofrenda proverbial, demostrada en largas vigilias y en consecuentes lecciones de diaria ilustración. Su primer destino parroquial fue Milla, en el corazón de la ciudad serrana, antes de recibir misión cural en Mucuchíes.

Allí llegó para templar su aptitud al estudio e iniciar apostolado de excepción, según sus biógrafos. Edificó capillas, albergó quimeras, soñó caminos, alimentó esperanzas y fundó escuelas en la gélida comarca. Su simpatía, bondad de sacerdote y empeño solidario lo convirtieron en un hombre progresista que acrecentaba la vastedad de su cultura entre manuscritos de historia y viejos infolios, amén de la firme revisión que su mente comprometía en nuevas propuestas en lo social y educativo.

No había reposo en aquel niquitaense, tan mucuchicero como la grey que ahora celaba. Para 1998 era Presidente de la Asociación de Cronistas de Mérida y por tanto convocado a los actos jubilares del sesquicentenario de natal de Monseñor J.M. Jáuregui Moreno. Decenas de jornadas sobre el patrimonio, la contigüidad serrana, la andinidad, el legado y el estudio de sus múltiples facetas de apóstol, educador y forjador del gentilicio nativo, nos reunían en Trujillo, Mérida o Táchira.

Un voluntariado de intelectuales, hombres de iglesia, familiares, historiadores y promotores de cultura, animados por la égida arquidiocesana merideña, hicieron suma pródiga en foros, debates, sesiones y conferencias ricas en contenido y audiencia donde se habló de Jáuregui como educador, hacedor de identidad y civilista, cuya lucha le ganó retos y desafíos, como el oprobio de las ergástulas, ordenado por Cipriano Castro.

No era para menos, habida cuenta de su posición frente a lo que consideraba indigno en el ejercicio del poder terreno, denunciando desde la Legislatura o el Congreso de la República, en condición de diputado representando a los que no tenían voz; los desposeídos de siempre. En el parlamento, su palabra abogó siempre por la justicia humana, al tiempo que proponía su interés por la educación en una suerte de paladín que consiguió a la postre realizaciones trascendentes para la región y el país.

En 1883 cuando fue nombrado Vicario de La Grita en el Táchira, llegó la ocasión de privilegio para el desarrollo de un legado que ha transferido barreras de tiempo y espacio en visión de prospectiva asombrosa. Ahora, cuando repasamos las páginas de tan preclara trayectoria, sentimos la necesidad de abrevar, más allá de su legado, en la verticalidad de una conducta disciplinada en la defensa de los valores que solo la montaña sabe inculcar, moldear y forjar para el bien y la justicia.
No en balde su formación es un crisol que acaudala las virtudes de los eximios dignatarios de la iglesia Monseñor Juan Hilario Boset y Monseñor José Tomás Zerpa Romero, justos e íntegros prelados que desempeñaron con brillo especial la Mitra Merideña. Razones de sobra tuvo el Pbro. Doctor Ricardo Arteaga, Deán de la Catedral de Caracas, el 5 de marzo de 1910, al rubricar a Monseñor J. M. Jáuregui como “uno de los más ilustres personajes de esa falange resplandeciente que nos ofrece el orden levítico de nuestra Patria”.

Monseñor José de la Trinidad Valera, Obispo Auxiliar de Caracas y Miembro de la Comisión Presidencial del Sesquicentenario del natalicio del levita trujillano en 1998, escribió: “Monseñor Jáuregui sigue dando de qué hablar y es lo natural, pues su vida marcó en hondura la fibra venezolana (..) una persona de tal calibre no podía menos que abrir nueva época en su entorno, proyectarse con visión clara para descubrir nuevos horizontes a la convivencia, al progreso y a la vida”.