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Valentino Garavani, diseñador de moda italiano, muere a los 93 años

Valentino, como era conocido, creó una de las marcas más duraderas de la industria de la moda, y se convirtió en un miembro, como sus clientes, de la alta sociedad

The New York Times en Español

Valentino Garavani, el último de los grandes modistos del siglo XX y diseñador que definió la imagen de la realeza en una época republicana para todo tipo de princesas —coronadas, depuestas, de Hollywood y de sociedad—, murió el lunes en su casa de Roma. Tenía 93 años.

Su muerte fue anunciada en un comunicado por la Fondazione Valentino Garavani e Giancarlo Giammetti.

Apodado “el último emperador” en un documental del mismo nombre estrenado en 2008 y “el jeque de lo chic” por John Fairchild, exdirector de Women’s Wear Daily, Garavani fundó su empresa homónima en 1959. Durante el siguiente medio siglo, no solo vistió a un mundo de grandes personalidades, sino que se convirtió en su igual, con sus propios palacios, una corte que lo seguía y su característico tono de rojo.

“En Italia está el papa y está Valentino”, dijo Walter Veltroni, entonces alcalde de Roma, en un perfil del diseñador publicado en 2005 en The New Yorker.

Garavani, quien siempre tenía un bronceado de un tono caoba profundo y el pelo peinado con secadora en inamovible perfección, casi siempre era llamado por su nombre de pila (o con el honorífico “señor Valentino”) y lo acompañaba un séquito de personas y perros pug. Creó y vendió una imagen de alto glamur que ayudó a definir el estilo italiano por generaciones.

Su negocio llegó al mundo justo antes de la era de La dulce vida, y fue implacable en su fidelidad a ese ideal. “Siempre busco la belleza, la belleza”, dijo al presentador Charlie Rose en una entrevista en 2009. No era un diseñador que fuera al mismo tiempo un artista torturado, sino uno disciplinado y bon vivant. No le importaba marcar tendencias, sintonizar el espíritu de la época o estar en la última tendencia.

“Es muy muy sencillo”, declaró a The New York Times en 2007. “Intento que mis chicas tengan un aspecto sensacional”.

Confeccionó el vestido de encaje color crema que Jacqueline Kennedy llevó en su boda con Aristóteles Onassis en 1968, el traje con cuello de marta que Farah Diba usó para huir de Irán cuando su esposo, el sah, fue depuesto en 1979 y el vestido que Bernadette Chirac se puso cuando su marido Jacques juró el cargo de presidente de Francia en 1995.

También: la columna drapeada con dobladillo de plumas que Elizabeth Taylor llevó al estreno romano de Espartaco en 1960, el vestido blanco y negro que Julia Roberts tenía puesto cuando ganó el Oscar a la mejor actriz en 2001 y la confección de tafetán de seda amarilla con un solo hombro que Cate Blanchett usó cuando ganó el premio a la mejor actriz de reparto en 2005.

En el proceso, él —y su socio y colaborador más cercano, Giancarlo Giammetti— también lograron que la moda italiana tuviera un puesto en el exclusivo círculo de los ateliers de alta costura parisinos, con lo que allanaron el camino para las marcas italianas que vinieron después, como Armani y Versace; además, amasaron una fortuna en licencias y se convirtieron en la primera marca de diseñador que cotizó en la bolsa de Milán. Y consiguió algo inusual en la moda: una transición suave lejos de la pasarela.

Algunas personas trabajan tan duro que se sienten “torturadas”, como él mismo expresó en una pesada edición limitada sobre la historia oral de su vida, publicada por Taschen en 2007. “Yo no estoy torturado. Lo siento. No estoy sufriendo. Quiero ser feliz cuando diseño un vestido”.

Vanessa Friedman ha sido la directora de moda y la crítica jefe de moda del Times desde 2014.