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Venezuela en 2026: Una economía a dos velocidades – Dip. Omar Ávila

Dip. Omar Ávila

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X e Instagram: @OmarAvilaVzla

El primer trimestre de 2026 ofrece una fotografía conocida para los venezolanos: un escenario donde ciertos indicadores macroeconómicos sugieren una reactivación, mientras la vida cotidiana sigue asfixiada por la inflación, el deterioro salarial y la precariedad de los servicios públicos. La economía parece transitar nuevamente por un camino ya recorrido en coyunturas anteriores: leves mejoras en el sector externo y petrolero, frente a una recuperación social que continúa siendo esquiva.

La flexibilización de restricciones internacionales y las nuevas autorizaciones para operaciones vinculadas al crudo, así como el transporte de hidrocarburos, han alimentado la narrativa de un mayor flujo de divisas. Sin embargo, esta recuperación potencial se concentra casi exclusivamente en el sector primario y en los ingresos del Estado o de grandes operadores energéticos. En tal sentido, su impacto en la economía doméstica es mucho más lento y limitado.

El entorno macroeconómico interno aún soporta fuertes desequilibrios, ya que la inflación, impulsada por la depreciación del bolívar y una escasez relativa de divisas en el mercado cambiario, afecta especialmente a los trabajadores públicos, pensionados y pequeños comerciantes. En consecuencia, el resultado es un deterioro continuo del poder adquisitivo; en términos sociales, la inflación persiste como el principal mecanismo de redistribución regresiva en el país.

Otro rasgo crítico de este trimestre fue la brecha en el acceso a divisas: mientras las grandes Corporaciones cuentan con mecanismos oficiales o financiamiento externo, las pequeñas y medianas empresas (Pymes) enfrentan barreras para obtener los dólares necesarios para importar insumos o reponer inventarios. Ante esta asimetría, muchas Pymes han optado por indexar agresivamente sus precios o recurrir a herramientas financieras alternativas como las criptomonedas. Esta dinámica plantea una consecuencia preocupante: una economía donde la pequeña empresa no puede operar con estabilidad tiende a la concentración, perdiendo competitividad y capacidad para generar empleo formal.

El deterioro del ingreso real fue el factor más visible de estos primeros meses, lo cual se expresó a través de diversos sectores laborales protagonizando protestas para exigir condiciones dignas, destacando el conflicto en el transporte urbano y extraurbano, donde se aplicaron incrementos de tarifa superiores al 50% para intentar cubrir los costos operativos. Esta brecha entre precios y salarios se ha convertido en el mayor detonante de presión social, agravado por la crisis de los servicios públicos.

Durante marzo, el país enfrentó nuevamente planes de racionamiento eléctrico derivados de la disminución de niveles en los sistemas hidroeléctricos y las limitaciones estructurales del Sistema Eléctrico Nacional. Los cortes prolongados no solo afectan la vida doméstica, sino que actúan como un techo de cristal para la productividad. En una economía moderna, la estabilidad energética e internet no son lujos, sino condiciones básicas; sin ellas, cualquier intento de recuperación económica se vuelve profundamente frágil.

El balance de este arranque de año sugiere que Venezuela entra en una etapa de apertura económica parcial impulsada por el petróleo. Sin embargo, los problemas de fondo -inflación, salarios deprimidos y servicios colapsados- siguen sin resolverse. La nación avanza, definitivamente, a dos velocidades: una vinculada al sector energético y otra, mucho más lenta y accidentada, que corresponde a la realidad cotidiana de la población. Si esta brecha persiste, el país podría cerrar 2026 con mejores cifras de exportación, pero con una recuperación social todavía muy distante. Venezuela sigue siendo estratégicamente importante para el mundo, pero profundamente frágil para quienes habitamos en ella.

Omar A. Ávila H. – Diputado a la Asamblea Nacional

Twitter e Instagram: @OmarAvilaVzla

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