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Cuando el deterioro se vuelve paisaje – Por Dip. Omar Ávila

Dip. Omar Ávila

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X e Instagram: @OmarAvilaVzla

En muchas ciudades de Venezuela el deterioro dejó de ser noticia desde hace años atrás: calles llenas de huecos, maleza invadiendo aceras, basura acumulada, fachadas en ruinas y servicios públicos intermitentes ya no generan sorpresa ni indignación colectiva; el deterioro quizás se observa, se esquiva y se comenta, pero con resignación. El problema no es solo material, es político y social, porque si el deterioro se vuelve paisaje, algo más profundo ha ocurrido en la relación entre el ciudadano y su entorno.

Esta normalización del colapso no surge de un día para otro, es el resultado de una exposición prolongada a fallas no corregidas, a promesas incumplidas y a la ausencia de mecanismos eficaces de respuesta institucional. Con el tiempo, lo anómalo deja de percibirse como tal y lo que antes era inaceptable pasa a considerarse como “eso es lo que hay”. En ese punto, el deterioro deja de ser un problema público y se transforma en una condición asumida.

Desde el análisis de políticas públicas, este fenómeno puede entenderse como una forma de normalización del desvío: prácticas y resultados que no cumplen estándares mínimos, que se aceptan porque se repiten sin consecuencias visibles. Cuando una calle permanece años sin asfaltar, cuando un hospital opera sin insumos básicos o cuando la basura se recoge de manera irregular sin que nadie responda por ello, la excepción se convierte en regla; no porque sea correcta, sino porque se vuelve habitual.

Este proceso tiene efectos profundos en la conducta ciudadana debido a que la repetición constante del deterioro genera habituación y la capacidad de reaccionar disminuye. La indignación se agota no por falta de conciencia, sino por desgaste emocional, reclamar parece inútil, denunciar parece riesgoso y exigir parece ingenuo. Así, la pasividad no siempre es indiferencia; muchas veces es cansancio acumulado.

La resignación no es una política escrita ni declarada, pero funciona como tal debido a la ausencia de respuesta institucional sostenida, al hecho observado a lo largo de los años, donde el deterioro no es corregido en el corto, mediano o largo plazo. El ciudadano, al internalizar ese mensaje, ajusta su comportamiento: aprende a esquivar huecos en lugar de exigir reparación, almacena agua en lugar de reclamar servicio continuo, resuelve de manera individual lo que debería ser colectivo.

El riesgo de esta dinámica no es solo la precariedad material, sino la erosión de la ciudadanía, porque se pierde el reflejo de exigir condiciones mínimas y se debilita la noción misma de derecho. El deterioro deja de verse como una falla del sistema y pasa a interpretarse como una carga personal o un destino inevitable. En ese punto, el espacio público deja de ser un asunto común y se fragmenta en soluciones privadas; sin embargo, reconocer este proceso es también el primer paso para revertirlo, ya que recuperar la capacidad de observar críticamente el entorno es un acto cívico básico. Volver a nombrar el deterioro como problema -sin estridencias, sin consignas- es una forma de resistencia racional frente a la normalización. No se trata de dramatizar la realidad, sino dejar de minimizarla.

Desde Unidad Visión Venezuela, consideramos que denunciar una calle intransitable, un ambulatorio sin insumos o un servicio intermitente no es un gesto político partidista, es una acción administrativa y ciudadana elemental, y así lo estamos demostrando: primero es necesario romper con la idea de que “siempre ha sido así” o “no vale la pena”. La resignación no es una virtud cívica; es una respuesta aprendida frente a la falta de alternativas visibles.

Mientras el deterioro siga siendo paisaje, la exigencia seguirá ausente, es importante recuperar la capacidad de incomodarse ante lo que no funciona como una de las tareas más urgentes para cualquier sociedad que aspire a reconstruir su tejido cívico. No para confrontar, sino para corregir; no para desestabilizar, sino para volver a habitar lo público con sentido de derecho.