DESTACADASREPORTAJE ESPECIAL

El Coraje Florecido de Elizabeth: Crónica de una Batalla Íntima

TERESITA RUJANO Mérida, Venezuela

La historia de Elizabeth no fue solo un expediente médico; fue un relato íntimo de valentía que brotó en los Andes venezolanos. Su coraje nunca fue una armadura rígida, sino una flor persistente que creció en medio de la adversidad, nutriéndose del amor de su familia y de su propia determinación de vivir cada segundo con propósito.

Todo comenzó con un incidente cotidiano que cambió el rumbo de su historia. «En la Navidad de 2022 me golpeé moviendo una silla del comedor; no le hice caso, pero dos meses después noté algo extraño y fui al médico», recordaba Elizabeth con esa voz que mezclaba la sorpresa con la firmeza. A sus 51 años, siendo una mujer profesional y llena de vida, el diagnóstico de cáncer de seno fue un golpe helado. «Nunca pensé que me tocaría a mí. En mi familia no hay antecedentes».

El aire fresco de Mérida, que solía colarse por las ventanas de la Universidad Bolivariana mientras ella cursaba sus estudios jurídicos, empezó a traer consigo un aroma agridulce: la esperanza tenaz mezclada con la incertidumbre de las biopsias. Al principio, el mundo se oscureció. Las palabras «quimioterapia» y «quirófano» resonaban como ecos amenazantes. Sin embargo, Elizabeth decidió que ella sería la autora de su propio renacimiento.

El camino fue arduo. Atravesó 21 sesiones de quimioterapia que debilitaron su cuerpo pero no su espíritu. La pérdida de su cabello la enfrentó a una nueva imagen frente al espejo, una vulnerabilidad que aceptó con una honestidad conmovedora. En cada paso, su red de amor fue el sostén: sus padres, su hermano, sus sobrinos y, especialmente, su hermana menor, Teresita, cuya presencia silenciosa en cada consulta era el ancla en medio de la tempestad.

En el centro de oncología, bajo el cuidado de la Dra. Olimpia Quijada, Elizabeth no solo encontró medicina, sino comunidad. Allí, entre sonrisas compartidas con otras pacientes, entendió que nadie estaba solo. Su lucha se convirtió en un faro para otros, una prueba de que la vida, incluso con cicatrices, puede florecer en una «segunda primavera».

Sin embargo, las crónicas de vida a veces tienen puntos finales que no quisiéramos escribir. Tras una batalla librada con una dignidad admirable, donde cada día fue un verso de resistencia, la luz de Elizabeth cambió de plano. El 16 de diciembre de 2025, Elizabeth partió, dejando tras de sí el aroma de esa flor que logró abrirse paso entre las rocas.