OPINIÓN

Facetas de la «merideñidad» – Por @hmarquina

Paradura del Niño Jesús

Hablar de la «Mérida señorial» es entrar en un terreno donde la neblina no solo cubre la Sierra Nevada, sino también ciertos egos locales. 

En una ciudad universitaria con tanta historia, es casi inevitable encontrarse con personajes que se sienten los herederos directos de la hidalguía española o de la intelectualidad más purista.

​ Esas facetas de la «merideñidad» que a veces rozan lo que muchos llaman, con un toque de ironía, las nulidades engreídas:  y que hoy en el siglo XXI, es evidente  que son reminicencias en avanzado  grado de extinción por causa de la acelerada crisis multifactorial que tocó  a la Venezuela del siglo XXI.

El Espectro de la Vanidad Merideña:

​El «académico, politico, dirigente de lustre»: Aquel que cree que por haber tenido en el pasado ya no muy reciente ( en el siglo XX ) un despacho de servidor público en los edificios adyacentes a la Plaza Bolivar, algún papel en la dirigencia política, cultural y hasta deportiva, pues el mundo debe detenerse y postrarse admirados ante sus «egos egoístas».

Estos suelen hablar en párrafos, citan autores que nadie lee y miran con condescendencia a cualquiera que no tenga o haya tenido alguna relevancia social. 

​La «Aristocracia» del Apellido: Familias que aún viven de las glorias de sus tatarabuelos cafetaleros o próceres. Se reconocen porque mencionan su árbol genealógico antes de decir «buenos días» y suelen frecuentar los mismos tres sitios «exclusivos» para evitar mezclarse con el «vulerío».

El Artista Incomprendido: Ese personaje  (ya muy escaso) que deambulaba por la Plaza Bolívar o la Facultad de Arte, convencido de que su obra es el pináculo del modernismo andino, mientras desprecia cualquier expresión cultural que sea mínimamente popular o accesible.

¿Por qué sucedio esto en Mérida?

​No es casualidad; hay factores que alimentaron  este aire de «superioridad» :

El Aislamiento Geográfico: Históricamente, las montañas crearon una burbuja. Mérida se sentía una «isla de cultura» en medio de lo que ellos consideraban la barbarie del llano o el bullicio de la capital.

El Peso de la Institución: La Universidad de Los Andes (ULA) es el corazón de la ciudad. Ser parte de la «élite» universitaria otorgaba un estatus social que, en muchos casos, se convirtió en una forma de arrogancia.  

El Cliché del «Caballero»: Se instaló la idea de que el merideño es más culto, educado y refinado que el resto de los venezolanos, lo que a veces degenera en un clasismo pasivo-agresivo muy particular.  

​Rectorado de la Universidad de Los Andes (ULA)

Como bien dijera aquel crítico local del siglo XX, Mariano Picón Salas quien observo esta idosincracia en su epoca, cito:  «El problema no es que se haya ocupado cargos de relevancia o el apellido, sino cuando estos se usan omo un escudo para esconder una irrelevancia actual». 

 La crisis multiforme

​Hablar de las «nulidades engreídas» de la merideñidad es entrar en un terreno donde la sociología local se mezcla con la nostalgia y, por supuesto, con un toque de sátira. Ese concepto, popularizado para describir a una «élite intelectual o social» que se percibía a sí misma como el ombligo cultural–politico de Venezuela, recibió un golpe de realidad contundente con la crisis multiforme de los últimos 27 años.

Cómo la crisis transformó esa faceta de la identidad merideña:

1. El fin del «Aislamiento Dorado»

​Mérida solía vivir en una burbuja de congresos universitarios, festivales de cine y turismo de alta montaña. La crisis (específicamente la escasez de combustible y el colapso de los servicios, y la pauperisacion de los salarios de estos servidores públicos), rompió el aislamiento que antes era un privilegio.

​Antes: El aislamiento era una elección para cultivar el intelecto.

​Después: El aislamiento se volvió forzoso y rústico. Las «nulidades» pasaron de discutir a Heidegger en un café de la Recta del Aura, a discutir cómo conseguir gas o internet estable.

2. La erosión del prestigio universitario

​El corazón de la «merideñidad» siempre ha sido la ULA. El estatus y snob  que otorgaba ser un «académico de renombre» se vio profundamente afectado por la precariedad salarial.

​Muchos de esos perfiles, que antes se pavoneaban por los pasillos de la facultad, se vieron obligados a migrar o a dedicarse a oficios pragmáticos.

​La crisis democratizó la carencia: el título o el apellido ya no garantizaban la luz eléctrica ni el agua caliente.

3. De la «Atenas» a la «Resistencia»

​Hubo una mutación en el discurso. El orgullo de ser «culto y refinado» fue reemplazado por un orgullo de supervivencia. La «nulidad engreída» tuvo que elegir entre:

​La Migración: Llevarse su snob a otras latitudes dónde a menudo se toparon con que el mundo es ancho y  ajeno; en el cual no encontraron la  misma reverencia  del pasado merideño.

El Insilio: Una retirada hacia la vida privada, manteniendo las formas dentro de casa pero con una realidad externa radicalmente distinta.

4. El choque generacional

​La crisis también trajo una nueva generación de merideños que ven esas pretensiones del pasado como algo anacrónico. La «merideñidad» actual es mucho más informal, comercial y digital, dejando a los antiguos «personajes ilustres» como figuras de un museo que ya nadie visita.

En resumen: La crisis actuó como un solvente que disolvió el barniz de superioridad. Lo que quedó fue la esencia del merideño: gente resiliente, pero ahora mucho más aterrizada y menos dada a las poses «intelectuales»  de antaño.

De todas formas la merideñidad de antes y de ahora siente el mismo frío al caer la tarde.

Merida febrero 2026

@hmarquina